DAVID SÁNCHEZ DE CASTRO

  • El finlandés ganó 113 Grandes Premios después y retrasó el alirón de Lewis Hamilton.

Kimi Raikkonen

Si tiene que ser alguien, que sea Kimi Räikkönen. Ni el más rápido, ni el más fiable, ni siquiera el más carismático. Es... él. Nadie lo esperaba, y de repente, 113 Grandes Premios después, tras un lustro en blanco, salvando a lo Neo en Matrix las cuchilladas que le llegaban desde dentro y desde fuera de la propia Ferrari y cuando ya tiene confirmado que se va a ir, de repente, va y gana.

El día que todos miraban a Hamilton, a tres carreras de dejar la Scuderia, con todo su equipo trabajando para su compañero. Kimi Mathias Räikkönen consigue su victoria número 21 en Fórmula 1.

Eso es una genialidad al alcance de muy pocos.

Yo, personalmente, me alegro a más no poder. Tengo que confesar que en mi armario luce una sudadera con una frase lapidaria, esa de Abu Dhabi 2012 en la que mandó al carajo a su ingeniero cuando le estaba dando instrucciones. No creo que haya un resumen mejor de su vida, su carácter y su figura que ese "Déjame en paz, sé lo que estoy haciendo". No creo que Räikkönen sea consciente muchas veces de lo que pasa a su alrededor. De hecho, esta carrera de Estados Unidos ha sido tanto mérito suyo como de su estratega, el español Iñaki Rueda, que esta vez tiró los dados y le salió bien. Tampoco en Ferrari saben muy bien lo que hacen el 90% de las veces, y es parte de su encanto.

Hasta el destino se le pone a tiro a 'Iceman'. Räikkönen se proclamó campeón del mundo el 21 de octubre de 2007, cuando Hamilton y Alonso se boicotearon mutuamente el título. Once años después, exactamente once años después, el finlandés logra su 21ª victoria en Fórmula 1, probablemente la última. Igual de probable es que Räikkönen no sea consciente de este hecho, como tampoco lo es de muchas cosas, pero vamos dejarle que sabe lo que hace. O no. O yo qué sé.

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